CEO2

(Gerente + compartiendo experiencias organizacionales)

Lo decía Emilio Duró en una de sus conferencias; “al tonto no me lo motives“.  Cuanta verdad. Es lo peor que podemos hacer, ya que hará mucho de lo que sabe hacer, tonterías. Dejémoslo quieto, que no nos agüe la fiesta. Debemos dirigir el esfuerzo sólo a determinadas personas.

La motivación es intrínseca. Es decir, nace de mí. Si yo no quiero, por mucho que me animes, no lo vas a conseguir.  Pero partiendo de esa premisa, podemos intentar hacer que esa persona esté mejor en la organización. Para mí hay que trabajar en dos direcciones:

  1. Motivación grupal: hacer cosas para que nuestro entorno de trabajo sea apetecible. Que la gente quiera trabajar con nosotros porque hacemos cosas que otros no hacen. Encuentran lo que no van a encontrar en otro sitio. Esto lo valorarán solamente al principio, al cabo de un tiempo a todo el mundo le parece normal, ya que es lo esperado. Por ello, tenemos que cambiar o inventar nuevas cosas, para sorprender a nuestros empleados. Este tipo de motivación es lo que yo considero el estándard, y llega a todos los empleados.
  1. Motivación individual: no hay dos personas iguales. En el mundo hay 7.530 millones de personas y no hay dos huellas dactilares iguales. Esto significa que tenemos que trabajar la individualidad. A cada uno nos atraen cosas diferentes de un proyecto empresarial, y no podemos llegar a todos con medidas colectivas. Debemos hacer un esfuerzo individual, pero eso no significa que tengamos que realizarlo con todos los empleados.  Debemos focalizar, ya que el esfuerzo a realizar es grande. La organización debe definir a qué personas quiere llegar de forma especial, y hacer con ellas cosas diferentes. Por supuesto, no puede haber personas normales y menos ningún tonto en este grupo…

PD: trabajaremos con las personas normales una vez que hayamos terminado con las extraordinarias. Con los tontos nunca, unas pocas tonterías son suficientes.

 

 

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